
Escrito por José Cotino
Diciembre es ese mes mágico donde los sueños de verano se mezclan con el espíritu navideño. Aprovechando el puente de la Inmaculada en España, decidimos embarcarnos en una gran aventura familiar que llevábamos tiempo soñando: un viaje a México con nuestros hijos, Nina y Leo. Volamos desde Madrid hasta Cancún en un vuelo directo de unas 10 horas, largo pero lleno de ilusión. Al llegar, nos alojamos en Playa del Carmen, punto de partida perfecto para explorar las maravillas del Caribe mexicano.
Nuestro primer día completo fue intenso, emocionante y lleno de naturaleza. Te lo cuento paso a paso.
Rumbo al norte: de Playa del Carmen a Chiquilá
Nos levantamos temprano con los ojos aún algo pegados por el cambio horario, pero con el corazón acelerado por la emoción. Después de un buen desayuno en el hotel, subimos a un autobús que nos llevó desde Playa del Carmen hasta Chiquilá, un pequeño pueblo costero al norte de la península de Yucatán.
Chiquilá es un punto clave para acceder a las islas cercanas, y desde su muelle parten diariamente lanchas rápidas que conectan con algunos de los lugares más espectaculares del litoral mexicano.
Isla de la Pasión: naturaleza en estado puro
Nuestra primera parada en lancha fue Isla de la Pasión, un pequeño paraíso rodeado de aguas turquesas y manglares. El trayecto en lancha fue divertido: Leo no podía dejar de reír con cada salto de la lancha sobre las olas, y Nina no paraba de hacer preguntas sobre los peces y aves que veíamos a lo lejos.
La Isla de la Pasión es una reserva natural y, como su nombre sugiere, es un rincón que enamora. Caminamos tranquilamente rodeados de naturaleza, vimos aves tropicales y disfrutamos de una de esas playas que parecen sacadas de una postal. Uno de los momentos más mágicos fue subir al mirador de madera, desde donde se tiene una vista panorámica de toda la isla, los manglares y el mar a lo lejos. Un lugar perfecto para respirar profundo y dar gracias por estar allí.
Mientras navegábamos, el barquero que nos acompañaba nos contó una historia que nos dejó con los ojos bien abiertos: en los últimos tiempos se han visto cocodrilos en algunas zonas cercanas a los muelles y áreas de baño, tanto en Chiquilá como en Holbox. Aunque no son frecuentes los encuentros, la noticia ha generado cierta preocupación entre los locales y los turistas. Por suerte, nosotros no vimos ninguno, pero la anécdota añadió un toque de aventura a nuestro paseo.


Holbox: color, calma y sabor caribeño
Después de esa primera conexión con la naturaleza en Isla de la Pasión, la lancha nos llevó a la vecina Isla Holbox, una de las joyas más auténticas del Caribe mexicano. Desde el primer momento que pusimos un pie en tierra firme, sentimos que habíamos entrado en un lugar diferente, casi mágico.
Holbox es una isla donde las calles no tienen asfalto, sino arena, y el sonido de los coches ha sido reemplazado por el suave rodar de las bicicletas y carritos de golf. Las casas están pintadas de colores vivos, y muchos muros lucen murales artísticos que cuentan historias del mar, la fauna local o simplemente invitan a soñar. Nina decía que parecía que caminábamos por dentro de un libro ilustrado, y tenía razón.


El ambiente era tranquilo, cálido y muy humano. Caminamos sin prisa, explorando las calles de arena, saludando a los locales que nos recibían con sonrisas sinceras y dejándonos llevar por esa brisa salada que acaricia la piel y despeina los pensamientos. Leo iba emocionado señalando cada bici decorada y cada perro dormido bajo las palmeras. Nina se lanzó directo a la playa a buscar conchas, mientras Pepe y yo simplemente respirábamos y agradecíamos estar allí.
La orilla del mar nos ofrecía un espectáculo sereno: aguas transparentes, poco profundas, donde los niños podían chapotear sin peligro. A lo lejos, los columpios instalados sobre la arena eran como postales vivas, invitando a balancearse al ritmo del mar.


Cuando el hambre empezó a apretar —porque con tanta emoción uno no se da cuenta del tiempo— encontramos un restaurante frente al mar que nos enamoró al instante: Villa Mar. Allí, bajo una sombrilla grande de palma, nos sentamos a disfrutar de una comida inolvidable, con los pies casi tocando la arena. El menú, sencillo pero delicioso: pescado fresco a la plancha, un guacamole casero que Leo devoró con totopos crujientes, y para los mayores, un agua de jamaica bien fría que supo a gloria. Nina pidió un zumo natural de mango y aún recuerda su sabor como “el mejor jugo del mundo”.
Comer mirando al mar, sin prisas, con los niños jugando entre plato y plato, es uno de esos recuerdos que se quedan grabados para siempre. Holbox nos dio una bienvenida llena de color, calma y sabor… y nosotros la recibimos con el corazón bien abierto.
Cambio de planes: adiós a Isla Mosquito, hola Cenote Yalahau
Nuestra idea inicial era seguir en lancha hasta Isla Mosquito, famosa por su fauna y sus playas solitarias. Sin embargo, el mar no estaba en su mejor momento. Un pequeño temporal había pasado por la zona días antes y las condiciones no eran ideales para navegar más lejos con los niños.
Así que decidimos hacer un cambio de planes (¡como en toda buena aventura!) y regresar a Chiquilá para visitar otro lugar especial: el Cenote Yalahau.


¿Qué es un cenote?
Un cenote es una especie de manantial o pozo natural de agua dulce, muy comunes en la península de Yucatán. Los mayas los consideraban lugares sagrados, y no es para menos: entrar en un cenote es como adentrarse en un mundo escondido bajo la tierra.
El Cenote Yalahau está rodeado de vegetación, y aunque no es muy grande, su agua cristalina y fresca lo convierte en un lugar ideal para relajarse después de un día de exploración. Nos quitamos el calor con un buen chapuzón (sí, el agua está fresquita, pero se agradece) y disfrutamos de un rato de descanso entre árboles y sonidos de la selva.
Regreso a Playa del Carmen
Ya con el sol cayendo sobre el horizonte y las caras llenas de sal y sonrisas, emprendimos el regreso a Playa del Carmen. Fue un día largo, pero lleno de momentos mágicos. Nina se quedó dormida en el autobús con la cabeza sobre el hombro de su madre, y Leo no paraba de decir: “Papá, ¡mañana más aventuras!”.
Un comienzo perfecto para un viaje inolvidable
Este primer día en México fue el inicio de una serie de experiencias que nos conectaron con la naturaleza, la cultura y la gente del lugar. A veces los mejores recuerdos no están en los grandes monumentos, sino en los pequeños momentos: un paseo en lancha, una comida frente al mar, un baño en aguas escondidas.
Y así, con la piel dorada por el sol y el corazón lleno de emociones, terminamos nuestro primer día. Mañana, nuevas historias nos esperan.


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