
Ruta a pie de Garòs a Arties: una joya del Val d’Aran entre montañas, tradiciones y vacas obstinadas
Escrito por José Cotino
El último viaje del año lo hicimos a uno de esos rincones del Pirineo que parecen sacados de un cuento de invierno: Arties. Pero esta vez, en lugar de ir en coche, decidí dejarlo aparcado en Garòs, un pequeño y encantador pueblo del Val d’Aran, y caminar hasta Arties siguiendo un sendero de montaña que resultó ser un regalo para los sentidos.
Camino GR-211: de Garòs a Arties bajo el sol de diciembre
Salí de Garòs por la parte alta del pueblo, donde comienza un camino señalizado. A la vuelta, descubrí que estaba recorriendo una parte del sendero GR-211, una ruta de gran recorrido que atraviesa varios pueblos del Val d’Aran. Un cartel indicaba que la distancia hasta Arties era de 2,2 km, perfecta para una caminata tranquila.
A pesar de ser diciembre, el día estaba radiante. El sol brillaba y la temperatura rondaba los 5 grados, lo cual para el Pirineo es casi primaveral. Caminé durante unos 25 minutos por un sendero que serpentea entre árboles, prados y pequeñas colinas, con el murmullo lejano de los riachuelos que nacen de las montañas nevadas.

El Taro de Arties: una tradición mágica bajo las estrellas
Lo primero que me llamó la atención al llegar a Arties fue un enorme tronco pelado, erguido en la entrada del pueblo como un vigía silencioso. Un cartel explicaba que se trataba del Taro de Arties, protagonista de una antigua fiesta que se celebra cada 23 de junio, en la víspera de San Juan.
Esta celebración, conocida como “La crema deth Taro”, fue declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2015.
La tradición consiste en talar un gran abeto (que puede llegar a medir hasta 8 metros) y quemarlo en una ceremonia nocturna. El tronco es arrastrado por las calles, entre fuegos, danzas y cánticos. Los asistentes saltan por encima de las llamas en un antiguo rito purificador para ahuyentar los malos espíritus. Al final, el Taro queda calcinado frente a la casa del alcalde, como símbolo de renovación.
Una de esas tradiciones que parece sacada de los cuentos que me gusta contarles a Nina y Leo.


Paseo por Arties: historia, casas mágicas y un río cantarín
Desde allí crucé un pequeño puente de piedra sobre el río Valarties, cuyas aguas bajaban frescas y claras. Poco a poco me fui adentrando en las calles empedradas del pueblo, admirando sus casas de tejados de pizarra, balcones de madera y fachadas que parecen pintadas para una postal.
Iglesia de Santa María de Arties
Mi paseo me llevó hasta la Iglesia de Santa María de Arties, una joya del románico lombardo que data del siglo XII. Su torre campanario de planta cuadrada se alza elegante sobre el pueblo, y en su interior aún conserva pinturas murales del siglo XVI. Es uno de los templos más importantes del Val d’Aran y, además de su belleza arquitectónica, tiene ese silencio sagrado que invita a detenerse un momento.
La Casa Paulet: una superviviente del Valarties
Muy cerca visité la famosa Casa Paulet, una de las construcciones más antiguas y emblemáticas de Arties. Dicen que ha sobrevivido a varias crecidas del río Valarties casi sin sufrir daños, gracias a su robusta estructura y su posición estratégica ligeramente elevada. Es un claro ejemplo de la arquitectura tradicional aranesa, construida para resistir el paso del tiempo y los caprichos del clima.


Rincones con encanto: la casa azul y la plaza del pueblo
Antes de marcharme, me tomé un momento para admirar una preciosa casa azul justo al lado del ayuntamiento. Su color destaca entre las demás casas de piedra, y le da un aire alegre al corazón del pueblo. Todo en Arties parece pensado para ser descubierto despacito, a cada paso.


Vuelta a Garòs… con vacas guardianas del sendero
Emprendí el camino de regreso a Garòs por el mismo sendero GR-211, aún con el corazón calentito por todo lo que había visto. Pero esta vez, la caminata tuvo una sorpresa inesperada: unas vacas me cortaban el paso, plantadas en medio del sendero como si fueran las dueñas del lugar.
Tuve que negociar con ellas (con mucha calma y respeto), porque no parecían muy convencidas de dejarme pasar. Tras unos minutos de miradas serias (por su parte) y palabras suaves (por la mía), logré continuar mi camino.
La Ermita de Sant Jaime d’Arties
A mitad de trayecto, decidí hacer una pequeña subida para visitar la Ermita de Sant Jaime d’Arties. Está situada a un lado del camino, en un pequeño alto, y aunque la cuesta es algo empinada, el esfuerzo vale la pena. El sendero de subida es bonito y muy tranquilo, y desde allí se tiene una vista preciosa del valle.
Esta ermita, también de origen románico, ha sido restaurada con mucho mimo y es otro de esos lugares mágicos que hacen del Val d’Aran un rincón especial en cualquier época del año.


Fin del camino: regreso a Garòs con el alma llena
Finalmente llegué de nuevo a Garòs, con las botas un poco más sucias pero el corazón lleno de belleza. Fue una caminata corta, sencilla y muy especial, ideal para hacer en familia, incluso con niños, si están acostumbrados a caminar.
El Val d’Aran tiene la capacidad de sorprenderte en cada rincón, incluso en los trayectos más breves. Y eso, para un viajero curioso como yo, es el mejor regalo para despedir el año.

